Antología de la Literatura española (Primer Grado. Siglos XVIII y XIX). Santander, Instituto de España, 1938.
Los manuales escolares de la Biblioteca del Centro de Recursos, Interpretación y Estudios de la Escuela no solamente constituyen un importante testimonio de los contenidos que sirvieron a los niños y niñas de otras épocas para aprender cosas, sino que deben ser un recurso didáctico utilizable en la actualidad. Con "El libro de la semana" queremos al profesorado, a alumnos universitarios y a todos los interesados en general darles pistas para ese posible uso actual. ©
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Seguimos con antologías de la literatura. Pero la de esta semana posee unas características que hacen que sea bastante singular.
Pertenece a la colección de “textos únicos” que durante la Guerra Civil se publicaron en la zona dominada por las tropas sublevadas.
El 8 de diciembre de 1937 firmó Francisco Franco en Burgos el Decreto número 427, donde se establecía la creación del Instituto de España, como el conjunto de los Académicos numerarios de las diferentes Reales Academias reunidos en una corporación única. En el Decreto número 436, de 1 de enero de 1938, se desarrollaba el anterior, entre otras cosas nombrando a don Manuel de Falla Presidente, a don Pedro Sáinz Rodríguez Vicepresidente (será Ministro de Educación Nacional desde febrero de ese año) y a don Eugenio D´Ors Secretario perpetuo de esa nueva institución (“perpetuidad” que duró solo hasta 1942, como consecuencia del relevo como Ministro de Educación Nacional de Pedro Sáinz Rodríguez al finalizar la Guerra Civil por Tomás Domínguez y, poco después, por José Ibáñez Martín).
La primera reunión de lo que pretendía ser el “Senado de la Cultura Española” tuvo lugar en Salamanca el 6 de enero de 1938.
Una de sus primeras tareas, como se señala en la Orden firmada en Vitoria por Sáinz Rodríguez el 11 de abril de 1938, fue la redacción y edición “de textos elementales, en diversos grados, destinados a la primera enseñanza”, con el carácter cada texto de “único y obligatorio para todas las escuelas de España.”
Las razones que se esgrimían para la imposición de estos manuales eran las malas consecuencias “en el orden patriótico, religioso y social” de la práctica anterior de no poner condiciones para la publicación de libros destinados a los escolares (otra semana abordaremos la historia de la regulación por parte del estado de la libertad de publicación de libros de texto).
En la citada Orden, se indica los textos obligatorios “así para la enseñanza pública como para la privada” que se iban a publicar. Entre ellos, “…b) Dos colecciones, en grados sucesivos, de fragmentos escogidos de escritores de lengua castellana, en prosa y en verso, destinados a la lectura.”
El libro de esta semana es uno de los diez que se prescriben para todos los grados de la diferentes materias, aunque solo se publicaron siete, en los años 1938 y 1939 y siempre sin especificación del autor.
El que hemos convertido en El libro de la semana aparece en 1938 (la antología del Segundo Grado se publicó al año siguiente), y en él se reproducen fragmentos de obras escritas en castellano, tanto en prosa como en verso.
En el Prólogo, tras explicitar que los criterios que se han seguido a la hora de seleccionar los textos han sido sus valores estéticos e históricos, se señala que además se han sumado a aquéllos “el aspecto moral y patriótico al cual no puede mostrarse ajeno ningún texto docente de la nueva España.”
Se sigue un orden cronológico, según la fecha de nacimiento de los escritores y escritoras (de los 47, solo tres son mujeres: Gertrudis Gómez de Avellaneda, Rosalía de Castro y Emilia Pardo Bazán). El primero es Diego de Torres y Villarroel y el último Gabriel Miró. No se incluyen fragmentos de autores vivos.
De Unamuno, a pesar de su controvertido apoyo y crítica al levantamiento militar, aparecen dos fragmentos.
Nacidos en Cantabria, José María de Pereda, con un texto de El sabor de la tierruca y la fecha de su muerte equivocada (1905 en vez de 1906) y Marcelino Menéndez y Pelayo, con un fragmento de Historia de los Heterodoxos españoles y otro de Historia de la Poesía castellana en la Edad Media.
Resaltemos que se incluye la numeración de las líneas para poder remitirse con facilidad a las aclaraciones que de algunas palabras y frases se realizarán en un manual específico “que saldrá en breve”.
Pero ese libro nunca apareció, y la vida de estos inconfundibles manuales, con el “víctor” en la portada, que todos ellos se publicaron en Santander, en Artes Gráficas Aldus (aún se conserva el edificio, aunque en estado de ruina), fue efímera; por una serie de razones que, si hay ocasión, contaremos más adelante.
Pertenece a la colección de “textos únicos” que durante la Guerra Civil se publicaron en la zona dominada por las tropas sublevadas.
El 8 de diciembre de 1937 firmó Francisco Franco en Burgos el Decreto número 427, donde se establecía la creación del Instituto de España, como el conjunto de los Académicos numerarios de las diferentes Reales Academias reunidos en una corporación única. En el Decreto número 436, de 1 de enero de 1938, se desarrollaba el anterior, entre otras cosas nombrando a don Manuel de Falla Presidente, a don Pedro Sáinz Rodríguez Vicepresidente (será Ministro de Educación Nacional desde febrero de ese año) y a don Eugenio D´Ors Secretario perpetuo de esa nueva institución (“perpetuidad” que duró solo hasta 1942, como consecuencia del relevo como Ministro de Educación Nacional de Pedro Sáinz Rodríguez al finalizar la Guerra Civil por Tomás Domínguez y, poco después, por José Ibáñez Martín).
La primera reunión de lo que pretendía ser el “Senado de la Cultura Española” tuvo lugar en Salamanca el 6 de enero de 1938.
Una de sus primeras tareas, como se señala en la Orden firmada en Vitoria por Sáinz Rodríguez el 11 de abril de 1938, fue la redacción y edición “de textos elementales, en diversos grados, destinados a la primera enseñanza”, con el carácter cada texto de “único y obligatorio para todas las escuelas de España.”
Las razones que se esgrimían para la imposición de estos manuales eran las malas consecuencias “en el orden patriótico, religioso y social” de la práctica anterior de no poner condiciones para la publicación de libros destinados a los escolares (otra semana abordaremos la historia de la regulación por parte del estado de la libertad de publicación de libros de texto).
En la citada Orden, se indica los textos obligatorios “así para la enseñanza pública como para la privada” que se iban a publicar. Entre ellos, “…b) Dos colecciones, en grados sucesivos, de fragmentos escogidos de escritores de lengua castellana, en prosa y en verso, destinados a la lectura.”
El libro de esta semana es uno de los diez que se prescriben para todos los grados de la diferentes materias, aunque solo se publicaron siete, en los años 1938 y 1939 y siempre sin especificación del autor.
El que hemos convertido en El libro de la semana aparece en 1938 (la antología del Segundo Grado se publicó al año siguiente), y en él se reproducen fragmentos de obras escritas en castellano, tanto en prosa como en verso.
En el Prólogo, tras explicitar que los criterios que se han seguido a la hora de seleccionar los textos han sido sus valores estéticos e históricos, se señala que además se han sumado a aquéllos “el aspecto moral y patriótico al cual no puede mostrarse ajeno ningún texto docente de la nueva España.”
Se sigue un orden cronológico, según la fecha de nacimiento de los escritores y escritoras (de los 47, solo tres son mujeres: Gertrudis Gómez de Avellaneda, Rosalía de Castro y Emilia Pardo Bazán). El primero es Diego de Torres y Villarroel y el último Gabriel Miró. No se incluyen fragmentos de autores vivos.
De Unamuno, a pesar de su controvertido apoyo y crítica al levantamiento militar, aparecen dos fragmentos.
Nacidos en Cantabria, José María de Pereda, con un texto de El sabor de la tierruca y la fecha de su muerte equivocada (1905 en vez de 1906) y Marcelino Menéndez y Pelayo, con un fragmento de Historia de los Heterodoxos españoles y otro de Historia de la Poesía castellana en la Edad Media.
Resaltemos que se incluye la numeración de las líneas para poder remitirse con facilidad a las aclaraciones que de algunas palabras y frases se realizarán en un manual específico “que saldrá en breve”.
Pero ese libro nunca apareció, y la vida de estos inconfundibles manuales, con el “víctor” en la portada, que todos ellos se publicaron en Santander, en Artes Gráficas Aldus (aún se conserva el edificio, aunque en estado de ruina), fue efímera; por una serie de razones que, si hay ocasión, contaremos más adelante.
Semana del 14 al 20 de marzo
J. Demuro, Selección de Versos Españoles. Libro de lectura y de iniciación al conocimiento de la poesía castellana. Madrid, Viuda de Juan Ortiz, 1941.
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Es sabido que la escuela, desde su generalización promovida por los poderes públicos hace unos ciento cincuenta años, ha tenido como prioritario objetivo el aprendizaje por parte de niños y niñas del uso de la herramienta de la lectura. Pero, en torno a los medios que se deberían usar para conseguir fluidez en esa destreza, siempre ha habido una cierta controversia.
Dentro del volumen, recopilatorio de un ciclo de conferencias, titulado Literatura infantil en la escuela, de Ramón F. Llorens García (ed.), publicado por la Universidad de Alicante en el año 2000, y reproducido en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, aparece el artículo de Jaime García Padrino "Los clásicos en las lecturas juveniles".
(http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/12142742029037162321435/p0000002.htm#32)
Sitúa García Padrino en Inglaterra a comienzos del siglo XIX el origen del uso de los clásicos en las lecturas escolares juveniles, sobre todo a partir de la divulgación que allí realizaron para los jóvenes de las obras de Shakespeare.
En España, serían las numerosas adaptaciones del Quijote para niños y jóvenes los manuales de autores clásicos más usados para la práctica escolar de la lectura. Entre las editoriales, Araluce, fundada por el santanderino Ramón de San Nicolás Araluce (1865-1941), será la que más versiones adaptadas de clásicos publique. Y entre los autores, se debería citar, entre otros, a José Montero Alonso, Antología de poetas y prosistas españoles (1929); Ángel Cruz Rueda, Gestas heroicas castellanas contadas a los niños (1931); Alejandro Casona, con su Flor de leyendas (1933) o Joaquín Demuro, quien realizó nuestro libro de esta semana.
El manual Selección de Versos Españoles, del prolífico autor de obras para los escolares Joaquín Demuro, es un libro de lectura que persigue, a partir del conocimiento de la poesía castellana, desarrollar la habilidad lectora en los niños y niñas. En concreto, se trata de una colección de versos castellanos que no siguen un orden cronológico, o más bien habría que decir que sí, pero un orden cronológico inverso. Porque los ochenta fragmentos comienzan con autores del siglo XX (los primeros son los hermanos Álvarez Quintero, Gregorio Martínez Sierra y Eduardo Marquina) y finaliza con Alfonso X el Sabio, Gonzalo de Berceo y treinta y cuatro versos del Poema del Cid (Gesta de Mio Çid lo llama aquí Demuro). Entremedio, Rubén Darío con el cortejo que viene y los claros clarines; Bécquer y las oscuras golondrinas que, no como nosotros, siempre volverán; Rodrigo Caro dolorido por la soledad de las ruinas de Itálica, soledad que afortunadamente sigue existiendo, a pesar de la expansión de la vecina Sevilla; y muchos más, aunque algunos diríamos que "de segunda fila".
Demuro al final de algunos de los fragmentos pretende tímidamente utilizar propuestas de ejercicios o debates para los alumnos sobre el contenido de lo leído.
La primera edición de este libro de lectura escolar fue del año 1929, entonces en la editorial aún llamada “Juan Ortiz”.
En el Prólogo, Joaquín Demuro, en un estilo que recuerda un poco el comienzo de La rebelión de las masas de Ortega y su queja de que en su tiempo todo estaba como muy lleno de gente, se lamenta de que se está viviendo una época trepidante, materialista, “en estos momentos de automóvil”, para la que propone como antídoto la lectura de los mejores poetas.
Por último, señalar que incluimos la reproducción de Los pajaritos sueltos, del murciano Vicente Medina (1866-1937), sobre una escuela en la que el maestro acaba de morir, y donde introduce localismos al estilo de lo que también en ocasiones hace José María de Pereda.
Dentro del volumen, recopilatorio de un ciclo de conferencias, titulado Literatura infantil en la escuela, de Ramón F. Llorens García (ed.), publicado por la Universidad de Alicante en el año 2000, y reproducido en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, aparece el artículo de Jaime García Padrino "Los clásicos en las lecturas juveniles".
(http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/12142742029037162321435/p0000002.htm#32)
Sitúa García Padrino en Inglaterra a comienzos del siglo XIX el origen del uso de los clásicos en las lecturas escolares juveniles, sobre todo a partir de la divulgación que allí realizaron para los jóvenes de las obras de Shakespeare.
En España, serían las numerosas adaptaciones del Quijote para niños y jóvenes los manuales de autores clásicos más usados para la práctica escolar de la lectura. Entre las editoriales, Araluce, fundada por el santanderino Ramón de San Nicolás Araluce (1865-1941), será la que más versiones adaptadas de clásicos publique. Y entre los autores, se debería citar, entre otros, a José Montero Alonso, Antología de poetas y prosistas españoles (1929); Ángel Cruz Rueda, Gestas heroicas castellanas contadas a los niños (1931); Alejandro Casona, con su Flor de leyendas (1933) o Joaquín Demuro, quien realizó nuestro libro de esta semana.
El manual Selección de Versos Españoles, del prolífico autor de obras para los escolares Joaquín Demuro, es un libro de lectura que persigue, a partir del conocimiento de la poesía castellana, desarrollar la habilidad lectora en los niños y niñas. En concreto, se trata de una colección de versos castellanos que no siguen un orden cronológico, o más bien habría que decir que sí, pero un orden cronológico inverso. Porque los ochenta fragmentos comienzan con autores del siglo XX (los primeros son los hermanos Álvarez Quintero, Gregorio Martínez Sierra y Eduardo Marquina) y finaliza con Alfonso X el Sabio, Gonzalo de Berceo y treinta y cuatro versos del Poema del Cid (Gesta de Mio Çid lo llama aquí Demuro). Entremedio, Rubén Darío con el cortejo que viene y los claros clarines; Bécquer y las oscuras golondrinas que, no como nosotros, siempre volverán; Rodrigo Caro dolorido por la soledad de las ruinas de Itálica, soledad que afortunadamente sigue existiendo, a pesar de la expansión de la vecina Sevilla; y muchos más, aunque algunos diríamos que "de segunda fila".
Demuro al final de algunos de los fragmentos pretende tímidamente utilizar propuestas de ejercicios o debates para los alumnos sobre el contenido de lo leído.
La primera edición de este libro de lectura escolar fue del año 1929, entonces en la editorial aún llamada “Juan Ortiz”.
En el Prólogo, Joaquín Demuro, en un estilo que recuerda un poco el comienzo de La rebelión de las masas de Ortega y su queja de que en su tiempo todo estaba como muy lleno de gente, se lamenta de que se está viviendo una época trepidante, materialista, “en estos momentos de automóvil”, para la que propone como antídoto la lectura de los mejores poetas.
Por último, señalar que incluimos la reproducción de Los pajaritos sueltos, del murciano Vicente Medina (1866-1937), sobre una escuela en la que el maestro acaba de morir, y donde introduce localismos al estilo de lo que también en ocasiones hace José María de Pereda.
Semana del 7 al 13 de marzo
Torcuato Fernández-Miranda Hevia, El Hombre y la Sociedad. Madrid, Delegación Nacional de Juventudes / Ediciones Doncel, 1961, 5.ª edición.
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En la Ley sobre reforma de la Enseñanza Media de 20 de septiembre de 1938, promulgada por el bando franquista en plena Guerra Civil, se estructuraba lo que en ella se llama “Bachillerato Universitario”. En su Base IV, dedicada a las enseñanzas que se debían impartir, se señala que a los alumnos “se les dará también una completa educación física, acompañada de conferencias de formación patriótica y deberes cívicos, orientadas hacia el espíritu de milicia y servicio.”
La Ley de 16 de julio de 1949 de Bases de Enseñanza Media y Profesional, que era el marco general que debía servir de referencia para la organización de los estudios del bachillerato profesional, establecía en su Base VIII, dedicada a las Enseñanzas, lo siguiente: “Los estudios completos durarán cinco años y abarcarán: (…) c) La formación del espíritu nacional, la educación física y en los Centros femeninos las enseñanzas del hogar”.
En el Capítulo VII de la Ley de 26 de febrero de 1953 sobre Ordenación de la Enseñanza Media se establecen los planes de estudio para esta etapa educativa, señalándose en su Artículo ochenta y cinco que “la formación del espíritu nacional, la educación física y, para las alumnas, además, las enseñanzas del hogar, serán fundamentales, obligatorias y debidamente atendidas en los planes de todos los cursos…”
Aparte de las reseñadas, se pueden encontrar más normas que regularon durante los años del franquismo la enseñanza de la formación del espíritu nacional en los diferentes niveles educativos.
El libro de esta semana es un texto de la popularmente conocida como “FEN” correspondiente al 5.º curso (varones) de Bachillerato.
Su autor, Torcuato Fernández-Miranda (1915-1980), Catedrático de Derecho Político de la Universidad de Oviedo, ha pasado a la historia sobre todo por ser persona fundamental en la llamada “transición política” del régimen de Franco a la actual democracia en España. Ocupó, entre otros, los cargos de Secretario General del Movimiento de 1969 a 1974, Vicepresidente del Gobierno en 1973 y Presidente de las Cortes entre 1975 y 1977. Fue el autor material de la Ley para la Reforma política, instrumento que permitió el paso de las anteriores Leyes Fundamentales del Reino a la Constitución Española de 1978.
Este manual se divide en cuatro partes (con un apéndice bibliográfico añadido, algo no habitual en este tipo de publicaciones dirigidas a estudiantes de la enseñanza media): una primera parte que establece lo que es el concepto de persona y su entorno (familia, municipio, etc.) desde una óptica cercana al humanismo cristiano; una segunda, sobre la estructura política en general; una tercera parte, donde se concreta la anterior al caso de España y la cuarta que aborda las relaciones entre las naciones y la descripción de los organismos supranacionales.
Para la elaboración de estos libros (con encuadernación más lujosa -dado su peculiar origen- que los que publicaban en esa época para el resto de las materias las editoriales convencionales) se recurrió a autores de prestigio, como, entre otros, Gonzalo Torrente Ballester, que redactó Aprendiz de hombre; Enrique Fuentes Quintana y Juan Velarde Fuertes, Política económica o Manuel Fraga Iribarne, Estuctura política de España.
La Ley de 16 de julio de 1949 de Bases de Enseñanza Media y Profesional, que era el marco general que debía servir de referencia para la organización de los estudios del bachillerato profesional, establecía en su Base VIII, dedicada a las Enseñanzas, lo siguiente: “Los estudios completos durarán cinco años y abarcarán: (…) c) La formación del espíritu nacional, la educación física y en los Centros femeninos las enseñanzas del hogar”.
En el Capítulo VII de la Ley de 26 de febrero de 1953 sobre Ordenación de la Enseñanza Media se establecen los planes de estudio para esta etapa educativa, señalándose en su Artículo ochenta y cinco que “la formación del espíritu nacional, la educación física y, para las alumnas, además, las enseñanzas del hogar, serán fundamentales, obligatorias y debidamente atendidas en los planes de todos los cursos…”
Aparte de las reseñadas, se pueden encontrar más normas que regularon durante los años del franquismo la enseñanza de la formación del espíritu nacional en los diferentes niveles educativos.
El libro de esta semana es un texto de la popularmente conocida como “FEN” correspondiente al 5.º curso (varones) de Bachillerato.
Su autor, Torcuato Fernández-Miranda (1915-1980), Catedrático de Derecho Político de la Universidad de Oviedo, ha pasado a la historia sobre todo por ser persona fundamental en la llamada “transición política” del régimen de Franco a la actual democracia en España. Ocupó, entre otros, los cargos de Secretario General del Movimiento de 1969 a 1974, Vicepresidente del Gobierno en 1973 y Presidente de las Cortes entre 1975 y 1977. Fue el autor material de la Ley para la Reforma política, instrumento que permitió el paso de las anteriores Leyes Fundamentales del Reino a la Constitución Española de 1978.
Este manual se divide en cuatro partes (con un apéndice bibliográfico añadido, algo no habitual en este tipo de publicaciones dirigidas a estudiantes de la enseñanza media): una primera parte que establece lo que es el concepto de persona y su entorno (familia, municipio, etc.) desde una óptica cercana al humanismo cristiano; una segunda, sobre la estructura política en general; una tercera parte, donde se concreta la anterior al caso de España y la cuarta que aborda las relaciones entre las naciones y la descripción de los organismos supranacionales.
Para la elaboración de estos libros (con encuadernación más lujosa -dado su peculiar origen- que los que publicaban en esa época para el resto de las materias las editoriales convencionales) se recurrió a autores de prestigio, como, entre otros, Gonzalo Torrente Ballester, que redactó Aprendiz de hombre; Enrique Fuentes Quintana y Juan Velarde Fuertes, Política económica o Manuel Fraga Iribarne, Estuctura política de España.
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El libro de esta semana es un manual de lectura en el que no figura el nombre de ninguna persona concreta como el recopilador de los textos que lo componen, sino que tras el título aparece solamente “por EDELVIVES”.
Se trata de un libro de 1952, que se podría incluir en el género didáctico llamado “libros de lectura extensiva”.
Para Alejandro Tiana (cfr. “Los libros de lectura extensiva y el desarrollo lector como género didáctico”. En Agustín Escolano –director-, Historia ilustrada del Libro escolar en España, vol. I. Madrid, Fundación Germán Sánchez Ruipérez, 1997, pp. 255-289), durante los siglos XIX y XX es tal el número de obras, la especialización de algunos autores de las mismas y la pervivencia a lo largo de décadas de algunos de sus títulos que es posible hablar en la enseñanza de nuestro país de los “libros de lectura extensiva” como formando una categoría específica dentro del conjunto de los manuales escolares.
De todas maneras, señala Tiana, se podrían describir una serie de subgéneros dentro del epígrafe general de “libros de lectura extensiva”: antologías de obras literarias, colecciones de fábulas, libros de cuentos infantiles, libros de ejemplos morales y de máximas, catones, enciclopedias, libros de lectura de manuscritos o libros dirigidos a las niñas.
Nuestro manual de esta semana, ya en una década relativamente cercana a los cambios radicales que se producirán posteriormente en la sociedad -y en la educación- en España, realiza una mezcla de bastantes de los subgéneros señalados por Tiana. Así, incluye fragmentos de novelas, relatos, fábulas, poesías, frases célebres, refranes, proverbios, pensamientos (la mayoría sin referencia a su autor), textos de exaltación del régimen de Franco e incluso partituras de canciones. Salvo alguna excepción, todos los autores y autoras son españoles o hispanoamericanos.
El libro inserta notas a pie de página para aclarar el significado de algunas palabras, las que se considerarían difíciles para los potenciales lectores, o para ampliar lo que aparece en el texto. También incluye algunos ejercicios consistentes en tener que completar datos, palabras o frases.
Autores nacidos en Cantabria, solo dos: Concha Espina y José María de Pereda. De Pereda, precisamente, se reproduce un fragmento (pp. 225-227) de El sabor de la tierruca, en el que se dice que “los olores del campo de Cumbrales parece que vienen de la gloria”. Cumbrales es el nombre que da Pereda en la ficción a Polanco, su pueblo natal, tan amado por el novelista y en donde se construyó la casa que actualmente es sede del CRIEME.
El escritor, escritora en este caso, de la que se incluyen más fragmentos es Fernán Caballero: nueve exactamente.
De Manuel Machado se reproduce un texto (merecidamente, sin duda, por ser poeta de gran calidad), aunque ninguno aparece de su hermano Antonio.
Dos de los pensamientos que se incluyen (pp. 188 y 223) son de don Severo Catalina, a quien citábamos en el libro de la semana pasada.
La editorial Luis Vives, que es quien publicó este manual, pertenecía a la Congregación de los Hermanos Maristas, fundada en Francia en 1817 y que se instaló en España en 1886.
Aunque comienzan la publicación de libros destinados a la enseñanza en 1890, entonces bajo las siglas “FTD” (que corresponden a las iniciales del en ese momento Superior general de la Congregación: Frère Théophane Durand), no se legaliza con ese nombre hasta 1919, en Barcelona. La primera publicación que aparece son unos Elementos de Historia Sagrada. En las imágenes de nuestro Libro de la semana se puede comprobar que aún se reproducen en él esas siglas en la parte interior de la cubierta. En 1932, tras la proclamación de la República, “FTD” pasó a inscribirse como “Editorial Luis Vives”. En 1938 se traslada su sede a Zaragoza, que es donde continúan en la actualidad los talleres del Grupo Editorial Luis Vives.
Se trata de un libro de 1952, que se podría incluir en el género didáctico llamado “libros de lectura extensiva”.
Para Alejandro Tiana (cfr. “Los libros de lectura extensiva y el desarrollo lector como género didáctico”. En Agustín Escolano –director-, Historia ilustrada del Libro escolar en España, vol. I. Madrid, Fundación Germán Sánchez Ruipérez, 1997, pp. 255-289), durante los siglos XIX y XX es tal el número de obras, la especialización de algunos autores de las mismas y la pervivencia a lo largo de décadas de algunos de sus títulos que es posible hablar en la enseñanza de nuestro país de los “libros de lectura extensiva” como formando una categoría específica dentro del conjunto de los manuales escolares.
De todas maneras, señala Tiana, se podrían describir una serie de subgéneros dentro del epígrafe general de “libros de lectura extensiva”: antologías de obras literarias, colecciones de fábulas, libros de cuentos infantiles, libros de ejemplos morales y de máximas, catones, enciclopedias, libros de lectura de manuscritos o libros dirigidos a las niñas.
Nuestro manual de esta semana, ya en una década relativamente cercana a los cambios radicales que se producirán posteriormente en la sociedad -y en la educación- en España, realiza una mezcla de bastantes de los subgéneros señalados por Tiana. Así, incluye fragmentos de novelas, relatos, fábulas, poesías, frases célebres, refranes, proverbios, pensamientos (la mayoría sin referencia a su autor), textos de exaltación del régimen de Franco e incluso partituras de canciones. Salvo alguna excepción, todos los autores y autoras son españoles o hispanoamericanos.
El libro inserta notas a pie de página para aclarar el significado de algunas palabras, las que se considerarían difíciles para los potenciales lectores, o para ampliar lo que aparece en el texto. También incluye algunos ejercicios consistentes en tener que completar datos, palabras o frases.
Autores nacidos en Cantabria, solo dos: Concha Espina y José María de Pereda. De Pereda, precisamente, se reproduce un fragmento (pp. 225-227) de El sabor de la tierruca, en el que se dice que “los olores del campo de Cumbrales parece que vienen de la gloria”. Cumbrales es el nombre que da Pereda en la ficción a Polanco, su pueblo natal, tan amado por el novelista y en donde se construyó la casa que actualmente es sede del CRIEME.
El escritor, escritora en este caso, de la que se incluyen más fragmentos es Fernán Caballero: nueve exactamente.
De Manuel Machado se reproduce un texto (merecidamente, sin duda, por ser poeta de gran calidad), aunque ninguno aparece de su hermano Antonio.
Dos de los pensamientos que se incluyen (pp. 188 y 223) son de don Severo Catalina, a quien citábamos en el libro de la semana pasada.
La editorial Luis Vives, que es quien publicó este manual, pertenecía a la Congregación de los Hermanos Maristas, fundada en Francia en 1817 y que se instaló en España en 1886.
Aunque comienzan la publicación de libros destinados a la enseñanza en 1890, entonces bajo las siglas “FTD” (que corresponden a las iniciales del en ese momento Superior general de la Congregación: Frère Théophane Durand), no se legaliza con ese nombre hasta 1919, en Barcelona. La primera publicación que aparece son unos Elementos de Historia Sagrada. En las imágenes de nuestro Libro de la semana se puede comprobar que aún se reproducen en él esas siglas en la parte interior de la cubierta. En 1932, tras la proclamación de la República, “FTD” pasó a inscribirse como “Editorial Luis Vives”. En 1938 se traslada su sede a Zaragoza, que es donde continúan en la actualidad los talleres del Grupo Editorial Luis Vives.
Semana del 21 al 28 de febrero
Federico Torres, Mis amiguitas. El libro de las niñas. Madrid, Librería y Casa Editorial Hernando, 1956, 8.ª edición.
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La discriminación de la mujer respecto al hombre, en lo relativo a su relegación a papeles poco influyentes en el gobierno de la sociedad, se puede encontrar desde los orígenes de nuestra civilización occidental.
La razón de esa discriminación es muy sencilla: se precisaba usar criterios (en este caso fue el sexo) para conseguir desde los elementos más pequeños del entramado social una relación de sumisión y dependencia de unos individuos respecto a otros.
Durante siglos, esa relación de sumisión de la mujer respecto al hombre se mantuvo apoyada en diversas razones: menor fuerza física, dependencia económica, cuidado de los hijos, etc.
Pero, generalizada ya la escolarización universal desde mediados del siglo XIX, los manuales escolares tenían que seguir manteniendo esa situación de discriminación, aunque ahora basada en razones más “científicas”.
Algo así es lo que pretende el autor de Mis amiguitas, el libro de esta semana.
Intenta arropar Federico Torres lo que no era sino la citada limitación de la mujer a un papel secundario en la sociedad con bonitos argumentos, según la tradición de los libros de escuela especialmente destinados al uso de las niñas.
Esa tradición, que venía del siglo anterior, se apoyaba en la existencia de un supuesto filosófico, sobre todo de origen rousseauniano, sobre la “condición femenina” natural. Era “propio” de la mujer el poseer una serie de cualidades de tipo moral que debía el sistema educativo potenciar; siendo su instrucción algo secundario.
Ya el que fuera nombrado en 1866 Director general de Instrucción pública y más tarde, en 1868, Ministro de Fomento (y responsable, por lo tanto, de los asuntos de educación) don Severo Catalina del Amo, en su libro de 1858 La mujer. Apuntes para un libro, con un original Prólogo de Ramón de Campoamor, dice la conocida frase: “Eduquemos á las mujeres, é instruyámoslas después, si queda tiempo.”
(http://books.google.es/books?id=0bBn4VXRmWcC&pg=PA14&dq=instruy%C3%A1moslas#PPA14,M1)
La mujer, por su “privilegiada” naturaleza, propende a procurar la felicidad de los demás, en especial la del hombre. De ahí que si llega a tener una profesión aparte de la de “ángel del Hogar” o “sacerdotisa del templo doméstico”, ésta siempre deberá estar acorde con su natural carácter: enfermera, maestra… (sería como una “extensión” de la maternidad hacia el conjunto de la sociedad).
Tal y como vemos un siglo después, Federico Torres sigue la tradición de “domesticación” de la mujer, en el sentido etimológico de la palabra: educarla para trabajar fundamentalmente dentro del ámbito de la “domus”, de la casa. Y, con su manual, pretende ayudar en esta tarea a las maestras, necesarias transmisoras de esa intencionada estructuración social.
Así, Mari-Tere, la protagonista, asume desde sus cinco años de edad que debe intentar imitar a su madre, ya que el papel más intelectual está reservado a su dos hermanos varones, que “estudian en unos libros muy gordos unas cosas dificilísimas”. Ella se debe dedicar a otras cosas, como a coserles la ropa, para “tener el gusto de ofrecer a mis hermanos dos pañuelos confeccionados por mí” (en la apostilla que añade Federico Torres a este capítulo, titulado “¡Ya sé coser!”, dice: “Debemos aprender a coser, pues es una de las primeras obligaciones que la sociedad nos exigirá el día de mañana… La aguja es el arma de la mujer…). El juego de las niñas es un anticipo de lo que les espera, como le recomienda a Mari-Tere su hermana mayor: “Haces muy bien en jugar a las mamás… Así aprenderás a vestir al muñequito y te acostumbrarás a tener afición a la cocina.” Y Federico Torres lo quiere dejar aún más claro, al apostillar: “Hoy somos muy pequeñitas, pero mañana seremos mayores. Y cuando nos convirtamos en mujeres…”
Cuando se convirtieran en mujeres… ya sabían lo que entonces a las niñas les esperaba. Pero llegó el final de la década de los 60 en España, el desarrollismo, el consumo. Y como ahí no encajaba una mujer encerrada en su hogar, todo empezó a cambiar… La economía, y no otras razones (siempre hay que acabar dando la razón a Marx), hicieron que la situación de la mujer comenzara a ser otra.
La razón de esa discriminación es muy sencilla: se precisaba usar criterios (en este caso fue el sexo) para conseguir desde los elementos más pequeños del entramado social una relación de sumisión y dependencia de unos individuos respecto a otros.
Durante siglos, esa relación de sumisión de la mujer respecto al hombre se mantuvo apoyada en diversas razones: menor fuerza física, dependencia económica, cuidado de los hijos, etc.
Pero, generalizada ya la escolarización universal desde mediados del siglo XIX, los manuales escolares tenían que seguir manteniendo esa situación de discriminación, aunque ahora basada en razones más “científicas”.
Algo así es lo que pretende el autor de Mis amiguitas, el libro de esta semana.
Intenta arropar Federico Torres lo que no era sino la citada limitación de la mujer a un papel secundario en la sociedad con bonitos argumentos, según la tradición de los libros de escuela especialmente destinados al uso de las niñas.
Esa tradición, que venía del siglo anterior, se apoyaba en la existencia de un supuesto filosófico, sobre todo de origen rousseauniano, sobre la “condición femenina” natural. Era “propio” de la mujer el poseer una serie de cualidades de tipo moral que debía el sistema educativo potenciar; siendo su instrucción algo secundario.
Ya el que fuera nombrado en 1866 Director general de Instrucción pública y más tarde, en 1868, Ministro de Fomento (y responsable, por lo tanto, de los asuntos de educación) don Severo Catalina del Amo, en su libro de 1858 La mujer. Apuntes para un libro, con un original Prólogo de Ramón de Campoamor, dice la conocida frase: “Eduquemos á las mujeres, é instruyámoslas después, si queda tiempo.”
(http://books.google.es/books?id=0bBn4VXRmWcC&pg=PA14&dq=instruy%C3%A1moslas#PPA14,M1)
La mujer, por su “privilegiada” naturaleza, propende a procurar la felicidad de los demás, en especial la del hombre. De ahí que si llega a tener una profesión aparte de la de “ángel del Hogar” o “sacerdotisa del templo doméstico”, ésta siempre deberá estar acorde con su natural carácter: enfermera, maestra… (sería como una “extensión” de la maternidad hacia el conjunto de la sociedad).
Tal y como vemos un siglo después, Federico Torres sigue la tradición de “domesticación” de la mujer, en el sentido etimológico de la palabra: educarla para trabajar fundamentalmente dentro del ámbito de la “domus”, de la casa. Y, con su manual, pretende ayudar en esta tarea a las maestras, necesarias transmisoras de esa intencionada estructuración social.
Así, Mari-Tere, la protagonista, asume desde sus cinco años de edad que debe intentar imitar a su madre, ya que el papel más intelectual está reservado a su dos hermanos varones, que “estudian en unos libros muy gordos unas cosas dificilísimas”. Ella se debe dedicar a otras cosas, como a coserles la ropa, para “tener el gusto de ofrecer a mis hermanos dos pañuelos confeccionados por mí” (en la apostilla que añade Federico Torres a este capítulo, titulado “¡Ya sé coser!”, dice: “Debemos aprender a coser, pues es una de las primeras obligaciones que la sociedad nos exigirá el día de mañana… La aguja es el arma de la mujer…). El juego de las niñas es un anticipo de lo que les espera, como le recomienda a Mari-Tere su hermana mayor: “Haces muy bien en jugar a las mamás… Así aprenderás a vestir al muñequito y te acostumbrarás a tener afición a la cocina.” Y Federico Torres lo quiere dejar aún más claro, al apostillar: “Hoy somos muy pequeñitas, pero mañana seremos mayores. Y cuando nos convirtamos en mujeres…”
Cuando se convirtieran en mujeres… ya sabían lo que entonces a las niñas les esperaba. Pero llegó el final de la década de los 60 en España, el desarrollismo, el consumo. Y como ahí no encajaba una mujer encerrada en su hogar, todo empezó a cambiar… La economía, y no otras razones (siempre hay que acabar dando la razón a Marx), hicieron que la situación de la mujer comenzara a ser otra.
Semana del 14 al 20 de febrero
R. G. González, Catecismo de Agricultura. Madrid, Casa Editorial Saturnino Calleja Fernández, s. f., edición 5.ª corregida.
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El modelo de metodología didáctica que usa preguntas y respuestas breves para ser aprendidas de memoria se utilizó en varios géneros de manuales escolares, tales como las cartillas, los epítomes o los compendios. Pero el género que por antonomasia se valió exclusivamente de esa metodología es el de los llamados catecismos.
Aunque en la actualidad el campo semántico del término “catecismo” se ha reducido por completo al ámbito del libro de aprendizaje de la doctrina religiosa, esto no fue siempre así. Porque, aparte de los religiosos, “catecismos” hubo referentes a lo que debía aprenderse sobre el mundo de lo político, de lo social… y de la agricultura, como sucede con nuestro libro de esta semana. Ya que también se publicaron “catecismos” para transmitir contenidos puramente especulativos.
El origen histórico de la necesidad de acercar a la población indocta conocimientos elementales, aunque precisos, sobre saberes básicos (lectura, escritura y cálculo) y sobre lo fundamental de su trabajo está en la época de la Ilustración. La escuela, pensaron los ilustrados, tenía que dotar a los ciudadanos de una cultura general (“inútil” propiamente para su vida cotidiana), pero también de conocimientos “útiles” que sí que podían aplicar a lo que iba a ser su futuro trabajo.
Y en una España en la que la mayor parte de la población vivía en el campo y los niños iban de adultos sobre todo a dedicarse a las tareas agrícolas y ganaderas, la institución educativa debía colaborar a que ese futuro trabajo lo hicieran con unos conocimientos técnicos indispensables, a los que la tradición oral transmitida en el restringido ámbito familiar no podía llegar.
El librito de R. G. González comienza con unos Preliminares generales sobre lo que es la agricultura, sus fines y sus partes. A continuación, aparece la llamada Agronomía: las plantas (morfología, tipos, ciclos reproductivos…), la atmósfera (con la influencia del clima sobre la producción agraria), los tipos de suelos y los cultivos adecuados a cada uno de ellos, los abonos (lo que aporta cada tipo a la producción), los instrumentos para trabajar la tierra, las diferentes labores (siembra, riegos, recolección...). La segunda parte está dedicada a la Filotecnia, donde se describen los diferentes tipos de plantas, su modo de cultivo y su destino (consumo humano, forraje, uso textil, etc.). La siguiente parte está dedicada a la Zootecnia o crianza de animales (animales domésticos y salvajes, recursos que nos proporcionan, etc.). Y la última parte es la que denomina Economía agrícola ó Administración rural. En esta parte se define de la siguiente manera el fin del trabajo de agricultor:
“P. ¿Qué es Economía rural?
R. El conjunto de conocimientos encaminados á enseñar al labrador los medios de obtener el mayor beneficio posible en la explotación del campo.” (p. 133)
En el Centro de Recursos, Interpretación y Estudios de Polanco disponemos también, para quien quiera consultarlos, de otros manuales específicos de enseñanza de la agricultura (aparte de los de agrimensura): Ángel Bueno, En el Campo; Andrés Beltrán Barroso, Cartilla Agrícola para la enseñanza de la agricultura en las escuelas de las provincias de Coruña, Lugo, Orense, Oviedo, Pontevedra y Santander; Lecturas agropecuarias (Diputación de Guipúzcoa; no figura el nombre del autor); Pla, J. y J. M., Agro. Temas agrícolas y de zootecnia; Miguel Martínez Planas y Luis Ticó Roig, Agricultura práctica.
Por último, hacer mención a la existencia en España de un museo admirable dedicado a la historia de los viejos oficios, en especial agrarios, del Campo de Elche: El Centro de Cultura Tradicional - Museo escolar de Pusol. El origen de esta institución fueron las actividades didácticas realizadas con los alumnos a finales de los años sesenta del pasado siglo por los maestros de las escuelas unitarias de la partida rural de Pusol, a las afueras de Elche. Para más información, se puede consultar su web: http://www.museopusol.com/
Semana del 7 al 13 de febrero

Petri de Salas, Compendium Latino-Hispanum, utriusque Linguae. Madrid, Ex Typographia Josephi del Collado, 1821.
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Esta semana nos remontamos a una época mucho más alejada en el tiempo de la que ha sido la habitual en semanas anteriores. Porque nos vamos a ir a un libro que se usaba cuando para la generalización de la escolarización de la población española, y europea en general, faltaban varias décadas. -Si alguien quiere tener una visión precisa de cómo se encontraba la situación de lo que hoy llamamos enseñanza secundaria en concreto en nuestra región en ese periodo, puede consultar el libro de Clotilde Gutiérrez Enseñanza de primeras letras y latinidad en Cantabria (1700-1860), de 2001; en especial, los capítulos V y VI.-
Ya en el título de esta publicación vemos la identificación del nivel de enseñanza posterior al elemental con el obligatorio aprendizaje del latín. Y como herramienta fundamental para ese aprendizaje se precisaba el uso de diccionarios.
El libro de esta semana es un diccionario de latín escrito por Pedro de Salas, muy difundido entre los estudiantes españoles del siglo XIX. En el ejemplar del que disponemos en el Centro de Recursos, Interpretación y Estudios de Polanco aparece en la primera página escrito a pluma que “este calepino es para uso de… estudiante en las Escuelas Pías de Villacarriedo”.
Este curioso nombre de "calepino" proviene de Ambrogio Calepino (ca. 1440 - ca. 1510), que fue un monje agustino italiano autor de un diccionario polígloto muy conocido en el que se reseñaban las equivalencias de las palabras latinas con las de otros idiomas. Y, por extensión, a cualquier diccionario de latín se le daba el nombre genérico de calepino.
Aunque hoy en día cueste entenderlo (por aquello del tan debatido derecho a la propiedad intelectual), en siglos pasados era posible tomar la obra de un autor y realizar añadidos a la misma, como sucede en el caso de los diccionarios latinos que estamos comentando. Así, se establecería una cadena de autores que irían mejorando una misma obra. Un eslabón de esta cadena sería nuestro Libro de la semana.
En realidad, el jesuita Pedro de Salas lo que hizo para su obra fue corregir y adicionar contenidos (voces sacras y hebreas) a otro diccionario, que fue publicado por primera vez en 1619, como obra póstuma, del también jesuita padre Bartolomé Bravo, el Compendium Marii Nizolii. En el propio título nos indica Bravo que se inspira en la obra del italiano Nizzoli.
El Compendium Latino-Hispanum utriusque Linguae se publicó por primera vez en 1671, en la imprenta de Bartolomé Portoles y Torres de Valladolid, cuando ya Pedro de Salas había también, como en el caso de Bravo, fallecido.
Ya en el título de esta publicación vemos la identificación del nivel de enseñanza posterior al elemental con el obligatorio aprendizaje del latín. Y como herramienta fundamental para ese aprendizaje se precisaba el uso de diccionarios.
El libro de esta semana es un diccionario de latín escrito por Pedro de Salas, muy difundido entre los estudiantes españoles del siglo XIX. En el ejemplar del que disponemos en el Centro de Recursos, Interpretación y Estudios de Polanco aparece en la primera página escrito a pluma que “este calepino es para uso de… estudiante en las Escuelas Pías de Villacarriedo”.
Este curioso nombre de "calepino" proviene de Ambrogio Calepino (ca. 1440 - ca. 1510), que fue un monje agustino italiano autor de un diccionario polígloto muy conocido en el que se reseñaban las equivalencias de las palabras latinas con las de otros idiomas. Y, por extensión, a cualquier diccionario de latín se le daba el nombre genérico de calepino.
Aunque hoy en día cueste entenderlo (por aquello del tan debatido derecho a la propiedad intelectual), en siglos pasados era posible tomar la obra de un autor y realizar añadidos a la misma, como sucede en el caso de los diccionarios latinos que estamos comentando. Así, se establecería una cadena de autores que irían mejorando una misma obra. Un eslabón de esta cadena sería nuestro Libro de la semana.
En realidad, el jesuita Pedro de Salas lo que hizo para su obra fue corregir y adicionar contenidos (voces sacras y hebreas) a otro diccionario, que fue publicado por primera vez en 1619, como obra póstuma, del también jesuita padre Bartolomé Bravo, el Compendium Marii Nizolii. En el propio título nos indica Bravo que se inspira en la obra del italiano Nizzoli.
El Compendium Latino-Hispanum utriusque Linguae se publicó por primera vez en 1671, en la imprenta de Bartolomé Portoles y Torres de Valladolid, cuando ya Pedro de Salas había también, como en el caso de Bravo, fallecido.
Se editó posteriormente en Madrid, Alcalá de Henares y Barcelona.
El calepino de Salas del que disponemos en nuestro centro fue usado durante más de un siglo por diversos estudiantes, tal y como se refleja en lo manuscrito por ellos en varias páginas del mismo.
El calepino de Salas del que disponemos en nuestro centro fue usado durante más de un siglo por diversos estudiantes, tal y como se refleja en lo manuscrito por ellos en varias páginas del mismo.
Semana del 31 de enero al 6 de febrero
Antonio J. Onieva, Florilegio de mujeres españolas (Biografías de españolas célebres). Ilustraciones de Marco y Huete. Burgos, Hijos de Santiago Rodríguez, 1955, 2.ª edición.
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Antonio Juan Onieva Santamaría, el autor de los libros de esta semana y de la anterior, había nacido en Pamplona en 1886 y falleció en Madrid en 1977. Inspector de Primera enseñanza desde 1914, su destino inicial fue Asturias, la entonces llamada provincia de Oviedo, donde también fue el primer director que tuvo el periódico La Voz de Asturias.
Fue, además, presidente de la Asociación de la Prensa de Oviedo, delegado de la UNESCO en Bélgica, delegado nacional del SEM (Servicio español del Magisterio: el sindicato vertical de los maestros durante el periodo franquista), asesor nacional de Auxilio Social y presidente de la Sociedad Cervantina hasta poco antes de su muerte.
Curiosamente, demostró ser un entusiasta partidario de la Institución Libre de Enseñanza, y se interesó mucho por las innovaciones pedagógicas, viajando por varios países europeos con la Junta para la Ampliación de Estudios.
Escritor muy prolífico, como se puede comprobar por el número de obras que nosotros conocemos de él:
Teatro: Las antipáticas del segundo.
Biografías: Tolstoy a lo vivo; Legazpi; Velázquez, su vida y su obra; Unamuno, estudio y antología; El Gran Capitán; Hernán Cortés; Platón.
Novelas: La eterna inquietud.
Guías turísticas: Nueva Guía de Toledo (con un estudio sobre El Greco); El Prado, sus cuadros y sus pintores; Nueva Guía Completa del Museo del Prado; 101 cuadros, 101 maestros, 101 museos; La pintura española en el Museo del Prado; Guía de Asturias.
Libros de viajes: Viajar, libros de viajes para muchachos; Viajar (8 circuitos).
Textos escolares: Cien figuras españolas (Series 1.ª, 2.ª y 3.ª); Cien figuras universales (Series 1.ª y 2.ª); Florilegio de mujeres españolas; Niñas y flores; El libro de las maravillas (grandes inventos de la humanidad) (3 volúmenes); Gaviotas; Así quiero ser; Escudo imperial; Carmencita de viaje; Viajando por España; Viajando por Europa; Enciclopedia Hernando (con Federico Torres); Frases célebres entresacadas de nuestra historia; Héroes; Madre naturaleza; Lo que nos proporcionan los minerales; Lo que nos proporcionan los animales; Lo que nos proporcionan los vegetales (los tres últimos, con Trillo); Ejercicios de lenguaje; Nuevos aspectos ¡España, despierta!; Historietas e inventos de Felipín; Viaje infantil (ampliación del libro de Mariano Rodríguez Miguel que vimos la semana del 16 al 22 de marzo).
Libros del maestro: La nueva escuela española. Realización práctica; Vida profesional y administrativa del maestro (con Juan Piedrahita); Repertorio de 100 lecciones prácticas, desarrolladas en sus tres grados escolares; 4000 Problemas para Grado Medio y 400 para Grado Superior (2 volúmenes); 1400 problemas para la escuela.
En el Prólogo de Florilegio de mujeres españolas, señala Onieva que con este libro de lectura pretende aportar un manual para uso de las Escuelas Nacionales de niñas.
Setenta biografías (con setenta y un mujeres, porque esta publicación la inicia el capítulo dedicado a las hermanas sevillanas Santas Justa y Rufina) componen el libro: de ellas, 17 corresponden a nobles; 15 a reinas; 14 a santas, mártires o religiosas; 12 a escritoras (entre ellas, la única de las biografiadas nacida en Cantabria: Concha Espina); 4 a guerreras; 3 a actrices, 2 a cantantes y una cada una a una escultora, una científica y una intérprete de música.
Fue, además, presidente de la Asociación de la Prensa de Oviedo, delegado de la UNESCO en Bélgica, delegado nacional del SEM (Servicio español del Magisterio: el sindicato vertical de los maestros durante el periodo franquista), asesor nacional de Auxilio Social y presidente de la Sociedad Cervantina hasta poco antes de su muerte.
Curiosamente, demostró ser un entusiasta partidario de la Institución Libre de Enseñanza, y se interesó mucho por las innovaciones pedagógicas, viajando por varios países europeos con la Junta para la Ampliación de Estudios.
Escritor muy prolífico, como se puede comprobar por el número de obras que nosotros conocemos de él:
Teatro: Las antipáticas del segundo.
Biografías: Tolstoy a lo vivo; Legazpi; Velázquez, su vida y su obra; Unamuno, estudio y antología; El Gran Capitán; Hernán Cortés; Platón.
Novelas: La eterna inquietud.
Guías turísticas: Nueva Guía de Toledo (con un estudio sobre El Greco); El Prado, sus cuadros y sus pintores; Nueva Guía Completa del Museo del Prado; 101 cuadros, 101 maestros, 101 museos; La pintura española en el Museo del Prado; Guía de Asturias.
Libros de viajes: Viajar, libros de viajes para muchachos; Viajar (8 circuitos).
Textos escolares: Cien figuras españolas (Series 1.ª, 2.ª y 3.ª); Cien figuras universales (Series 1.ª y 2.ª); Florilegio de mujeres españolas; Niñas y flores; El libro de las maravillas (grandes inventos de la humanidad) (3 volúmenes); Gaviotas; Así quiero ser; Escudo imperial; Carmencita de viaje; Viajando por España; Viajando por Europa; Enciclopedia Hernando (con Federico Torres); Frases célebres entresacadas de nuestra historia; Héroes; Madre naturaleza; Lo que nos proporcionan los minerales; Lo que nos proporcionan los animales; Lo que nos proporcionan los vegetales (los tres últimos, con Trillo); Ejercicios de lenguaje; Nuevos aspectos ¡España, despierta!; Historietas e inventos de Felipín; Viaje infantil (ampliación del libro de Mariano Rodríguez Miguel que vimos la semana del 16 al 22 de marzo).
Libros del maestro: La nueva escuela española. Realización práctica; Vida profesional y administrativa del maestro (con Juan Piedrahita); Repertorio de 100 lecciones prácticas, desarrolladas en sus tres grados escolares; 4000 Problemas para Grado Medio y 400 para Grado Superior (2 volúmenes); 1400 problemas para la escuela.
En el Prólogo de Florilegio de mujeres españolas, señala Onieva que con este libro de lectura pretende aportar un manual para uso de las Escuelas Nacionales de niñas.
Setenta biografías (con setenta y un mujeres, porque esta publicación la inicia el capítulo dedicado a las hermanas sevillanas Santas Justa y Rufina) componen el libro: de ellas, 17 corresponden a nobles; 15 a reinas; 14 a santas, mártires o religiosas; 12 a escritoras (entre ellas, la única de las biografiadas nacida en Cantabria: Concha Espina); 4 a guerreras; 3 a actrices, 2 a cantantes y una cada una a una escultora, una científica y una intérprete de música.
Semana del 24 al 30 de enero
Antonio J. Onieva, Cien Figuras Españolas (Biografías de españoles célebres). Ilustraciones de Fernando Marco. Burgos, Hijos de Santiago Rodríguez, 1955, 9.ª edición.
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En una escuela muy diferente de la actual, donde la adquisición de datos era elemento fundamental de la misma, el intentar que los niños y niñas conociesen las biografías de personajes célebres era algo habitual.
En una escuela muy diferente de la actual, donde la adquisición de datos era elemento fundamental de la misma, el intentar que los niños y niñas conociesen las biografías de personajes célebres era algo habitual.
Este género tan específico de libro de lectura cumplía dos funciones básicas:
-Servir las vidas de las personas que en ellos aparecen de modelos ejemplares en los que niños y niñas debían fijarse para intentar dirigir su conducta cuando adultos.
-Generar en alumnos y alumnas sentimientos patrióticos (lo que de ninguna manera debe identificarse solo como algo exclusivo del periodo franquista, ya que si tenemos ocasión también lo veremos otra semana en algunos conocidos manuales de la época de la II República) al relacionarse los méritos de los biografiados no tanto con un interés de realización personal sino de conseguir con su esfuerzo en el campo correspondiente gloria para España.
Antonio Juan Onieva fue el autor de uno de los libros de lecturas biográficas más leídos, sobre todo en la década de los años cincuenta del siglo pasado: Cien Figuras Españolas.
Se trata de la "primera serie" de esta obra, porque de este manual Onieva hizo otras dos series de cien biografías cada una.
En este libro, de los cien personajes que aparecen (en realidad habría que decir ciento uno, porque precisamente el número cien corresponde a los Hermanos Álvarez Quintero), solo seis son mujeres: la reina de Castilla doña María de Molina, Isabel la Católica, Santa Teresa de Jesús, la heroína gallega María Pita, Agustina de Aragón y, por último, la precursora del feminismo en España Concepción Arenal.
Nacidos en Cantabria, nos encontramos con los cinco siguientes:
-El marino santoñés Juan de la Cosa, que trazó en su Carta universal por primera vez el continente americano.
-El arquitecto Juan de Herrera, principal director de las obras de construcción de El Escorial.
-José María de Pereda, novelista nacido en Polanco, a quien perteneció la casa que ocupa el Centro de Recursos, Interpretación y Estudios de la Escuela del Gobierno de Cantabria.
-Marcelino Menéndez y Pelayo, polígrafo que fue director de la Biblioteca Nacional. Cita Onieva como discípulo suyo a Pedro Sainz Rodríguez, el que fuera Ministro de Educación Nacional de la zona ocupada por las tropas de Franco durante el último año de la Guerra Civil, y antes diputado por Santander.
-El ingeniero Leonardo Torres Quevedo.
Y, por último, como se puede ver en la cubierta de esta edición (no siempre fue la misma) del ilustrador del libro, Fernando Marco, aparecen once retratos de lo que se supone el espectro de lo más representativo de nuestra historia: tres reyes de España: Isabel la Católica, Carlos I y Felipe II; dos escritores: Cervantes y Quevedo; dos pintores: Velázquez y Goya; una santa: Teresa de Ávila; un político: el Cardenal Cisneros; un conquistador: parece que es Cabeza de Vaca; y solo un científico: el Premio Nobel Ramón y Cajal. ¿Representativo este cuadro de lo que fue la auténtica tradición española? Usando la terminología de nuestro Menéndez Pelayo, diríamos que representativo al menos de la “ortodoxia” española.
Del autor de Cien Figuras Españolas, Antonio Juan Onieva, vamos a dar detalles la semana que viene, ya que escribió muchos más manuales de uso muy generalizado en nuestras escuelas.
Semana del 17 al 23 de enero
C. B. Nualart, Lecciones de Cosas (Libro Tercero). Barcelona, Seix y Barral Hnos., 1933, 4.ª edición.
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En el último tercio del siglo XIX y primer tercio del siglo XX se constata que había que renovar la escuela (lo que se llamó el fenómeno de la escuela nueva). Porque ya no bastaba con una enseñanza meramente de aprender a leer, escribir y las cuatro reglas, como había sido lo habitual durante siglos. Había que pasar, dado que la sociedad se estaba complicando en muchos aspectos, a una enseñanza más activa, más intuitiva, más real.
Libros de lectura había, en esa época que acabamos de citar, muchos, con contenidos muy diversos. Pero entre lo muchísimo que se publicaba para ser leído en la escuela nos encontramos con unos libros de lectura un poco especiales.
Son libros que, apoyándose en dibujos y, a partir de determinada fecha, en fotografías, explican cómo son determinados animales aquí desconocidos, cómo se cultivan los campos, las características de otras razas, los nuevos medios de transporte, los fondos marinos…
Como el niño debe aprender a conocer a través de la vista cosas que son relevantes en la época en la que vive, hay que explicarle de manera científica el funcionamientos de aquellos objetos que sí le son cercanos (animales de granja, vegetales, fenómenos meteorológicos...) o de aquellos otros que nunca podrá ver directamente en el medio en el que vive (aviones, peces, monumentos de países exóticos…), como dijimos en El libro de la semana del 16 al 22 de este mes. Por lo tanto, las “cosas” de las “lecciones de cosas”, de nuestro entorno o muy alejadas de donde vivimos, hay que saber en qué consisten; pero, para saber, primero hay que ver. Luego, el punto de partida es la observación directa u objetiva. Lo que hoy en día al alumno le llega fácilmente por diversos medios, en estos libros tiene que ser a través de grabados.
Habría dos tipos de libros de cosas, los que tratan de un solo reino de la naturaleza, o de una sola ciencia o de un solo arte u oficio y, en segundo lugar, los que estudian objetos heterogéneos pertenecientes a varias ciencias con semejanzas entre sí.
Libros de lecciones de cosas (con este título exacto o con otros similares) se publican en España desde finales del siglo XIX hasta la década de los años sesenta del siglo XX. A veces, el mismo libro se edita durante décadas introduciendo pequeñas reformas en su contenido.
El libro de esta semana es el volumen III de la serie de cuatro de C. B. Nualart que la editorial Seix Barral publicó hasta 1956.
Aunque no se especifica en el libro, las ilustraciones creemos son del propio Nualart, ya que él fue ilustrador de manuales escolares de otros autores.
Pero como no queremos extendernos en exceso esta semana, dejaremos para otra ocasión el comentario sobre ejemplos de los contenidos concretos de este que fue tan importante género de manuales escolares.
En el último tercio del siglo XIX y primer tercio del siglo XX se constata que había que renovar la escuela (lo que se llamó el fenómeno de la escuela nueva). Porque ya no bastaba con una enseñanza meramente de aprender a leer, escribir y las cuatro reglas, como había sido lo habitual durante siglos. Había que pasar, dado que la sociedad se estaba complicando en muchos aspectos, a una enseñanza más activa, más intuitiva, más real.
Libros de lectura había, en esa época que acabamos de citar, muchos, con contenidos muy diversos. Pero entre lo muchísimo que se publicaba para ser leído en la escuela nos encontramos con unos libros de lectura un poco especiales.
Son libros que, apoyándose en dibujos y, a partir de determinada fecha, en fotografías, explican cómo son determinados animales aquí desconocidos, cómo se cultivan los campos, las características de otras razas, los nuevos medios de transporte, los fondos marinos…
Como el niño debe aprender a conocer a través de la vista cosas que son relevantes en la época en la que vive, hay que explicarle de manera científica el funcionamientos de aquellos objetos que sí le son cercanos (animales de granja, vegetales, fenómenos meteorológicos...) o de aquellos otros que nunca podrá ver directamente en el medio en el que vive (aviones, peces, monumentos de países exóticos…), como dijimos en El libro de la semana del 16 al 22 de este mes. Por lo tanto, las “cosas” de las “lecciones de cosas”, de nuestro entorno o muy alejadas de donde vivimos, hay que saber en qué consisten; pero, para saber, primero hay que ver. Luego, el punto de partida es la observación directa u objetiva. Lo que hoy en día al alumno le llega fácilmente por diversos medios, en estos libros tiene que ser a través de grabados.
Habría dos tipos de libros de cosas, los que tratan de un solo reino de la naturaleza, o de una sola ciencia o de un solo arte u oficio y, en segundo lugar, los que estudian objetos heterogéneos pertenecientes a varias ciencias con semejanzas entre sí.
Libros de lecciones de cosas (con este título exacto o con otros similares) se publican en España desde finales del siglo XIX hasta la década de los años sesenta del siglo XX. A veces, el mismo libro se edita durante décadas introduciendo pequeñas reformas en su contenido.
El libro de esta semana es el volumen III de la serie de cuatro de C. B. Nualart que la editorial Seix Barral publicó hasta 1956.
Aunque no se especifica en el libro, las ilustraciones creemos son del propio Nualart, ya que él fue ilustrador de manuales escolares de otros autores.
Pero como no queremos extendernos en exceso esta semana, dejaremos para otra ocasión el comentario sobre ejemplos de los contenidos concretos de este que fue tan importante género de manuales escolares.
Semana del 10 al 16 de enero
Edmundo de Amicis, Corazón (Diario de un niño). Versión española de la 44.ª edición italiana, revisada por el autor de la obra. Madrid, Librería y Casa Editorial Hernando, 1957.
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Nada mejor para la juventud italiana en una etapa tan convulsa del país transalpino que la posibilidad de identificarse con el relato que Edmundo de Amicis pone en boca de un niño, Enrico, en el libro Cuore.
Lo escribió en 1886, publicándose dos años más tarde.
La unificación italiana se había producido, oficialmente, en 1870. Pero hasta 1918 no se culminará casi definitivamente el proceso de estabilización territorial.
Corazón destila la necesidad de sembrar entre las nuevas generaciones que iban a vivir en el país unificado (o “reunificado”, dirían algunos con más propiedad) las virtudes civiles: amor a la patria, respeto a la autoridad y a los padres, espíritu de sacrificio, heroísmo, caridad, piedad, obediencia, saber soportar las desgracias…
De Amicis (1846-1908), oficial del ejército, había escrito antes de Corazón otras obras, entre ellas varios libros de viajes. Uno de ellos, titulado Spagna, recoge sus impresiones sobre el recorrido que realizó por nuestro país.
Corazón fue un libro de lectura muy habitual en las escuelas españolas durante toda la primera mitad del siglo XX. La edición que presentamos es la que fue más difundida, de la Librería y Casa Editorial Hernando de Madrid. Incluye en la página 7 una dedicatoria de De Amicis “a los lectores de España”. Aunque en el Centro de Recursos, Interpretación y Estudios de Polanco también tenemos ediciones de otras editoriales.
Enrique relata los acontecimientos que suceden a lo largo de un curso académico en su escuela municipal de Turín y la vida de las personas (compañeros, profesores, etc.) que tienen relación con ella.
Comienza el relato con “El primer día de escuela”, el lunes 17 de octubre, y lo finaliza con “¡Adiós!” el lunes 10 de julio. Entremedio, descritas multitud de situaciones, en una época donde la vida no era precisamente fácil, y de las que se sacan conclusiones moralizantes.
Todos los meses el maestro les lee a sus alumnos el “cuento mensual”, que “será siempre el relato de una acción buena y verdadera llevada a cabo por un niño”. El de mayo, el más largo de todos, es De los Apeninos a los Andes, convertido después en Marco, la conocida serie de animación japonesa.
En las referencias de algunos diarios de clase de maestros de España de los años treinta hemos encontrado que se cita este libro simplemente como “el Amicis”.
Para terminar, otro dato que corrobora el que esta novela tuvo una gran difusión en España: María del Pilar Oñate indica que su Victoria, conocido libro de lectura para niñas de los años veinte del que también disponemos en el CRIEME, lo realizó “tomando como ejemplo Corazón de D´Amicis”.
Lo escribió en 1886, publicándose dos años más tarde.
La unificación italiana se había producido, oficialmente, en 1870. Pero hasta 1918 no se culminará casi definitivamente el proceso de estabilización territorial.
Corazón destila la necesidad de sembrar entre las nuevas generaciones que iban a vivir en el país unificado (o “reunificado”, dirían algunos con más propiedad) las virtudes civiles: amor a la patria, respeto a la autoridad y a los padres, espíritu de sacrificio, heroísmo, caridad, piedad, obediencia, saber soportar las desgracias…
De Amicis (1846-1908), oficial del ejército, había escrito antes de Corazón otras obras, entre ellas varios libros de viajes. Uno de ellos, titulado Spagna, recoge sus impresiones sobre el recorrido que realizó por nuestro país.
Corazón fue un libro de lectura muy habitual en las escuelas españolas durante toda la primera mitad del siglo XX. La edición que presentamos es la que fue más difundida, de la Librería y Casa Editorial Hernando de Madrid. Incluye en la página 7 una dedicatoria de De Amicis “a los lectores de España”. Aunque en el Centro de Recursos, Interpretación y Estudios de Polanco también tenemos ediciones de otras editoriales.
Enrique relata los acontecimientos que suceden a lo largo de un curso académico en su escuela municipal de Turín y la vida de las personas (compañeros, profesores, etc.) que tienen relación con ella.
Comienza el relato con “El primer día de escuela”, el lunes 17 de octubre, y lo finaliza con “¡Adiós!” el lunes 10 de julio. Entremedio, descritas multitud de situaciones, en una época donde la vida no era precisamente fácil, y de las que se sacan conclusiones moralizantes.
Todos los meses el maestro les lee a sus alumnos el “cuento mensual”, que “será siempre el relato de una acción buena y verdadera llevada a cabo por un niño”. El de mayo, el más largo de todos, es De los Apeninos a los Andes, convertido después en Marco, la conocida serie de animación japonesa.
En las referencias de algunos diarios de clase de maestros de España de los años treinta hemos encontrado que se cita este libro simplemente como “el Amicis”.
Para terminar, otro dato que corrobora el que esta novela tuvo una gran difusión en España: María del Pilar Oñate indica que su Victoria, conocido libro de lectura para niñas de los años veinte del que también disponemos en el CRIEME, lo realizó “tomando como ejemplo Corazón de D´Amicis”.
Semana del 13 al 19 de diciembre
Mariano Rodríguez Miguel, Viaje infantil (Ligeros conocimientos sobre los grandes inventos al alcance de los niños). Burgos, Hijos de Santiago Rodríguez, 1955, 35.ª edición corregida y aumentada por Antonio J. Onieva.
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Entre las funciones de la escuela en la actualidad cada vez tiene menos importancia la de proporcionar datos a los niños y niñas sobre cómo es el mundo en el que viven. De eso ya se encargan sobradamente la televisión, el cine, Internet, las revistas… Pero hubo un tiempo, no demasiado lejano, en el que esto no era así.
La vida de la mayoría de la población se desenvolvía en un círculo muy pequeño, sobre todo en los ambientes rurales. Salvo los chicos (mozos deberíamos decir para hablar con propiedad) durante el periodo que pasaban fuera de casa haciendo la “mili” y la inmigración forzada hacia otras partes de España o el extranjero, para la mayor parte de la gente transcurría su existencia en un entorno muy limitado en cuanto a los cambios que se percibían, ya que solía variar poco a lo largo de toda su vida.
Por ello, la escuela cumplió, para esos niños muy atados a su entorno más cercano, el papel de ser ventana hacia otros lugares, lejanos, de costumbres muy diferentes de las suyas y con artefactos que despertaban el asombro de la, en general, atrasada España. Y uno de los medios de los que se servían maestros y maestras para lograr ese acercamiento de sus alumnos a cosas que les eran cultural y físicamente lejanas era los libros de viajes.
Uno de ellos, muy difundido en nuestro país durante décadas, es el que comentamos aquí esta semana.
Mariano Rodríguez Miguel era uno de los “Hijos de Santiago Rodríguez”, la editorial burgalesa especializada en manuales escolares.
La edición de la que reproducimos las imágenes en una de 1955 (ampliada por el inspector, y prolífico escritor de este tipo de publicaciones, Antonio Juan Onieva e ilustrada por Soravilla). Aunque en la Biblioteca de nuestro centro en Polanco disponemos de ejemplares publicados en otras fechas.
La primera edición del libro, de la que también tenemos un ejemplar, apareció con el título de Los grandes inventos, y es de 1892. La estructura del texto es similar a la de ediciones posteriores (el niño Santiaguito que realiza un viaje por España con su padre como premio a sus buenas notas, lo que da pie a que el padre le vaya explicando al hijo muchas cosas relacionadas con los inventos recientes de la humanidad). Las ilustraciones de esta primera edición son de Barrio, Gil y Pedrero.
Otros ejemplares de los que disponemos son los de las siguientes ediciones: la 11.ª, sin fecha (pero sin duda anterior a 1940), ya con el título de Viaje infantil, aunque idéntica en todo –salvo la cubierta y el tamaño de la caja-, incluidas las ilustraciones, a la primera edición; la 33.ª, de 1951, con ilustraciones de Fortunato Julián y ya con los añadidos de Onieva; y la 37.ª y la 38.ª, de 1960 y 1963, con dibujos de A. Cobos.
Pero si alguien se ha quedado con ganas de viajar más, que no se preocupe, porque a Santiaguito le inventó el propio Antonio Juan Onieva una hermanita, la también famosa Carmencita de viaje; esta vez viajando por España en el coche (chófer incluido) de su padre. Pero para Carmencita ya buscaremos otra semana.
Semana del 6 al 12 de diciembre
Pilar Pascual de Sanjuán, Flora ó La educación de una niña. Barcelona; Faustino Paluzíe, Impresor-editor; edición de 1898.
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En la actualidad, seguramente se nos hace difícil entender que es relativamente reciente el que la administración educativa establezca unos currículos perfectamente detallados, que incluyen hoy día no solo los contenidos sino otra serie de elementos que el profesorado debe tener en cuenta a la hora de impartir los mismos.
Porque solo tras la creación del Ministerio de Instrucción pública y Bellas Artes en 1900 se comenzó más intensamente la tarea de concretar lo que cada maestro o maestra debía enseñar. Siendo ministro el conde de Romanones (el segundo que existió, pues el primero fue don Antonio García Alix), se publicó un Real Decreto de 26 de octubre de 1901 donde, entre otras importantes decisiones, se señalaban las materias que compondrían la primera enseñanza. Y, en el artículo 4º del mismo, se dice que posteriores reglamentos precisarán más sobre esas materias.
Pero nunca se publicaron los anunciados reglamentos, y el profesorado tuvo que seguir, durante décadas, teniendo como casi única guía para la estructuración de sus contenidos lo que aparecía en los manuales existentes en el mercado.
Flora fue uno de esos exitosos manuales, dirigido exclusivamente a las niñas. Tan exitoso fue, que se editó en España desde 1881 hasta 1955.
Su autora, Pilar Pascual de Sanjuán fue Regente de la escuela práctica agregada a la Normal de Barcelona y conocida autora de otros difundidos manuales.
Aunque no es una enciclopedia al uso, sí que pretendía Pilar Pascual un recorrido por diferentes campos del saber al hilo de las vivencias de la niña Flora. Así, aparte de temas de urbanidad, incluye historia de España, Literatura, historia natural, etc.
En el CRIEME disponemos solo de un ejemplar, el de la edición de 1898. En la magnífica colección de manuales escolares antiguos de la editorial RBA, de reciente publicación, reproducen la de 1928.
Para no extendernos en exceso, señalar uno de los muchos detalles que nos han llamado la atención en sus páginas: el “antitaurinismo” de Flora (cap. XXXI: Los toros, pp. 278-282). Leyendo lo que aparece en ese capítulo, y sin querer terciar en la polémica, sí que podemos para el trabajo con los niños y niñas en el aula tener un punto de partida para reflexionar sobre el cambio sociológico que se ha producido con respecto a la fiesta de los toros, ya que de ser algo que se relacionaba con las clases sociales más populares ha pasado últimamente a convertirse en creación cuasi-cultural. La polémica de esta semana pasada sobre la concesión de la Medalla de Oro de las Bellas Artes a Francisco Rivera Ordóñez no hace sino añadir elementos a este debate. Adjuntamos un enlace a un artículo de Antonio Muñoz Molina que se publicó en El País el verano pasado muy relacionado con lo que estamos diciendo.
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