La discriminación de la mujer respecto al hombre, en lo relativo a su relegación a papeles poco influyentes en el gobierno de la sociedad, se puede encontrar desde los orígenes de nuestra civilización occidental.
La razón de esa discriminación es muy sencilla: se precisaba usar criterios (en este caso fue el sexo) para conseguir desde los elementos más pequeños del entramado social una relación de sumisión y dependencia de unos individuos respecto a otros.
Durante siglos, esa relación de sumisión de la mujer respecto al hombre se mantuvo apoyada en diversas razones: menor fuerza física, dependencia económica, cuidado de los hijos, etc.
Pero, generalizada ya la escolarización universal desde mediados del siglo XIX, los manuales escolares tenían que seguir manteniendo esa situación de discriminación, aunque ahora basada en razones más “científicas”.
Algo así es lo que pretende el autor de Mis amiguitas, el libro de esta semana.
Intenta arropar Federico Torres lo que no era sino la citada limitación de la mujer a un papel secundario en la sociedad con bonitos argumentos, según la tradición de los libros de escuela especialmente destinados al uso de las niñas.
Esa tradición, que venía del siglo anterior, se apoyaba en la existencia de un supuesto filosófico, sobre todo de origen rousseauniano, sobre la “condición femenina” natural. Era “propio” de la mujer el poseer una serie de cualidades de tipo moral que debía el sistema educativo potenciar; siendo su instrucción algo secundario.
Ya el que fuera nombrado en 1866 Director general de Instrucción pública y más tarde, en 1868, Ministro de Fomento (y responsable, por lo tanto, de los asuntos de educación) don Severo Catalina del Amo, en su libro de 1858 La mujer. Apuntes para un libro, con un original Prólogo de Ramón de Campoamor, dice la conocida frase: “Eduquemos á las mujeres, é instruyámoslas después, si queda tiempo.”
(http://books.google.es/books?id=0bBn4VXRmWcC&pg=PA14&dq=instruy%C3%A1moslas#PPA14,M1)
La mujer, por su “privilegiada” naturaleza, propende a procurar la felicidad de los demás, en especial la del hombre. De ahí que si llega a tener una profesión aparte de la de “ángel del Hogar” o “sacerdotisa del templo doméstico”, ésta siempre deberá estar acorde con su natural carácter: enfermera, maestra… (sería como una “extensión” de la maternidad hacia el conjunto de la sociedad).
Tal y como vemos un siglo después, Federico Torres sigue la tradición de “domesticación” de la mujer, en el sentido etimológico de la palabra: educarla para trabajar fundamentalmente dentro del ámbito de la “domus”, de la casa. Y, con su manual, pretende ayudar en esta tarea a las maestras, necesarias transmisoras de esa intencionada estructuración social.
Así, Mari-Tere, la protagonista, asume desde sus cinco años de edad que debe intentar imitar a su madre, ya que el papel más intelectual está reservado a su dos hermanos varones, que “estudian en unos libros muy gordos unas cosas dificilísimas”. Ella se debe dedicar a otras cosas, como a coserles la ropa, para “tener el gusto de ofrecer a mis hermanos dos pañuelos confeccionados por mí” (en la apostilla que añade Federico Torres a este capítulo, titulado “¡Ya sé coser!”, dice: “Debemos aprender a coser, pues es una de las primeras obligaciones que la sociedad nos exigirá el día de mañana… La aguja es el arma de la mujer…). El juego de las niñas es un anticipo de lo que les espera, como le recomienda a Mari-Tere su hermana mayor: “Haces muy bien en jugar a las mamás… Así aprenderás a vestir al muñequito y te acostumbrarás a tener afición a la cocina.” Y Federico Torres lo quiere dejar aún más claro, al apostillar: “Hoy somos muy pequeñitas, pero mañana seremos mayores. Y cuando nos convirtamos en mujeres…”
Cuando se convirtieran en mujeres… ya sabían lo que entonces a las niñas les esperaba. Pero llegó el final de la década de los 60 en España, el desarrollismo, el consumo. Y como ahí no encajaba una mujer encerrada en su hogar, todo empezó a cambiar… La economía, y no otras razones (siempre hay que acabar dando la razón a Marx), hicieron que la situación de la mujer comenzara a ser otra.
La razón de esa discriminación es muy sencilla: se precisaba usar criterios (en este caso fue el sexo) para conseguir desde los elementos más pequeños del entramado social una relación de sumisión y dependencia de unos individuos respecto a otros.
Durante siglos, esa relación de sumisión de la mujer respecto al hombre se mantuvo apoyada en diversas razones: menor fuerza física, dependencia económica, cuidado de los hijos, etc.
Pero, generalizada ya la escolarización universal desde mediados del siglo XIX, los manuales escolares tenían que seguir manteniendo esa situación de discriminación, aunque ahora basada en razones más “científicas”.
Algo así es lo que pretende el autor de Mis amiguitas, el libro de esta semana.
Intenta arropar Federico Torres lo que no era sino la citada limitación de la mujer a un papel secundario en la sociedad con bonitos argumentos, según la tradición de los libros de escuela especialmente destinados al uso de las niñas.
Esa tradición, que venía del siglo anterior, se apoyaba en la existencia de un supuesto filosófico, sobre todo de origen rousseauniano, sobre la “condición femenina” natural. Era “propio” de la mujer el poseer una serie de cualidades de tipo moral que debía el sistema educativo potenciar; siendo su instrucción algo secundario.
Ya el que fuera nombrado en 1866 Director general de Instrucción pública y más tarde, en 1868, Ministro de Fomento (y responsable, por lo tanto, de los asuntos de educación) don Severo Catalina del Amo, en su libro de 1858 La mujer. Apuntes para un libro, con un original Prólogo de Ramón de Campoamor, dice la conocida frase: “Eduquemos á las mujeres, é instruyámoslas después, si queda tiempo.”
(http://books.google.es/books?id=0bBn4VXRmWcC&pg=PA14&dq=instruy%C3%A1moslas#PPA14,M1)
La mujer, por su “privilegiada” naturaleza, propende a procurar la felicidad de los demás, en especial la del hombre. De ahí que si llega a tener una profesión aparte de la de “ángel del Hogar” o “sacerdotisa del templo doméstico”, ésta siempre deberá estar acorde con su natural carácter: enfermera, maestra… (sería como una “extensión” de la maternidad hacia el conjunto de la sociedad).
Tal y como vemos un siglo después, Federico Torres sigue la tradición de “domesticación” de la mujer, en el sentido etimológico de la palabra: educarla para trabajar fundamentalmente dentro del ámbito de la “domus”, de la casa. Y, con su manual, pretende ayudar en esta tarea a las maestras, necesarias transmisoras de esa intencionada estructuración social.
Así, Mari-Tere, la protagonista, asume desde sus cinco años de edad que debe intentar imitar a su madre, ya que el papel más intelectual está reservado a su dos hermanos varones, que “estudian en unos libros muy gordos unas cosas dificilísimas”. Ella se debe dedicar a otras cosas, como a coserles la ropa, para “tener el gusto de ofrecer a mis hermanos dos pañuelos confeccionados por mí” (en la apostilla que añade Federico Torres a este capítulo, titulado “¡Ya sé coser!”, dice: “Debemos aprender a coser, pues es una de las primeras obligaciones que la sociedad nos exigirá el día de mañana… La aguja es el arma de la mujer…). El juego de las niñas es un anticipo de lo que les espera, como le recomienda a Mari-Tere su hermana mayor: “Haces muy bien en jugar a las mamás… Así aprenderás a vestir al muñequito y te acostumbrarás a tener afición a la cocina.” Y Federico Torres lo quiere dejar aún más claro, al apostillar: “Hoy somos muy pequeñitas, pero mañana seremos mayores. Y cuando nos convirtamos en mujeres…”
Cuando se convirtieran en mujeres… ya sabían lo que entonces a las niñas les esperaba. Pero llegó el final de la década de los 60 en España, el desarrollismo, el consumo. Y como ahí no encajaba una mujer encerrada en su hogar, todo empezó a cambiar… La economía, y no otras razones (siempre hay que acabar dando la razón a Marx), hicieron que la situación de la mujer comenzara a ser otra.