.
Entre las funciones de la escuela en la actualidad cada vez tiene menos importancia la de proporcionar datos a los niños y niñas sobre cómo es el mundo en el que viven. De eso ya se encargan sobradamente la televisión, el cine, Internet, las revistas… Pero hubo un tiempo, no demasiado lejano, en el que esto no era así.
La vida de la mayoría de la población se desenvolvía en un círculo muy pequeño, sobre todo en los ambientes rurales. Salvo los chicos (mozos deberíamos decir para hablar con propiedad) durante el periodo que pasaban fuera de casa haciendo la “mili” y la inmigración forzada hacia otras partes de España o el extranjero, para la mayor parte de la gente transcurría su existencia en un entorno muy limitado en cuanto a los cambios que se percibían, ya que solía variar poco a lo largo de toda su vida.
Por ello, la escuela cumplió, para esos niños muy atados a su entorno más cercano, el papel de ser ventana hacia otros lugares, lejanos, de costumbres muy diferentes de las suyas y con artefactos que despertaban el asombro de la, en general, atrasada España. Y uno de los medios de los que se servían maestros y maestras para lograr ese acercamiento de sus alumnos a cosas que les eran cultural y físicamente lejanas era los libros de viajes.
Uno de ellos, muy difundido en nuestro país durante décadas, es el que comentamos aquí esta semana.
Mariano Rodríguez Miguel era uno de los “Hijos de Santiago Rodríguez”, la editorial burgalesa especializada en manuales escolares.
La edición de la que reproducimos las imágenes en una de 1955 (ampliada por el inspector, y prolífico escritor de este tipo de publicaciones, Antonio Juan Onieva e ilustrada por Soravilla). Aunque en la Biblioteca de nuestro centro en Polanco disponemos de ejemplares publicados en otras fechas.
La primera edición del libro, de la que también tenemos un ejemplar, apareció con el título de Los grandes inventos, y es de 1892. La estructura del texto es similar a la de ediciones posteriores (el niño Santiaguito que realiza un viaje por España con su padre como premio a sus buenas notas, lo que da pie a que el padre le vaya explicando al hijo muchas cosas relacionadas con los inventos recientes de la humanidad). Las ilustraciones de esta primera edición son de Barrio, Gil y Pedrero.
Otros ejemplares de los que disponemos son los de las siguientes ediciones: la 11.ª, sin fecha (pero sin duda anterior a 1940), ya con el título de Viaje infantil, aunque idéntica en todo –salvo la cubierta y el tamaño de la caja-, incluidas las ilustraciones, a la primera edición; la 33.ª, de 1951, con ilustraciones de Fortunato Julián y ya con los añadidos de Onieva; y la 37.ª y la 38.ª, de 1960 y 1963, con dibujos de A. Cobos.
Pero si alguien se ha quedado con ganas de viajar más, que no se preocupe, porque a Santiaguito le inventó el propio Antonio Juan Onieva una hermanita, la también famosa Carmencita de viaje; esta vez viajando por España en el coche (chófer incluido) de su padre. Pero para Carmencita ya buscaremos otra semana.